Uno queda invitado a entrar; tal es el primer sentimiento frente a la obra de Javier León. Por alguna razón, las múltiples vistas del objeto desde infinidad de puntos nos inducen a poseerlo. Dentro, en la marisma de planos y recodos que pregonan con sonora resonancia de qué se trata cuanto ocurre en el fotograma-parcela, uno descubre el andamiaje de un maestro, la vibrante estructura que cobra vida en tanto la atrape la mirada. Allí, en las obras pictofotográficas de León, provoca estarse largo rato. Francisco Itriago
Uno queda invitado a entrar; tal es el primer sentimiento frente a la obra de Javier León. Por alguna razón, las múltiples vistas del objeto desde infinidad de puntos nos inducen a poseerlo. Dentro, en la marisma de planos y recodos que pregonan con sonora resonancia de qué se trata cuanto ocurre en el fotograma-parcela, uno descubre el andamiaje de un maestro, la vibrante estructura que cobra vida en tanto la atrape la mirada. Allí, en las obras pictofotográficas de León, provoca estarse largo rato.
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